La sumisión de Andrea

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Newsweek en inglés.

La mujer que amamos amar: Andrea Abregó

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CÓMO RESPONDE LA SOCIEDAD FRENTE A LA SUMISIÓN QUÍMICA

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Una violación cada dos días en Madrid: crecen los casos por sumisión química en hombres y mujeres

Montana De La Rosa. The Ultimate Fighter: Undefeated Finale. Las Vegas, Nevada. Acceso mediante suscripción PDF. Los artículos enviados a la RCEH no deben estar bajo consideración en ninguna otra revista o editorial. Es responsabilidad suya el obtener por escrito la autorización para su reproducción y presentarla a la RCEH. Partes del cuerpo de las mujeres -que incluyen, pero no se limitan, a vaginas, senos o nalgas- que se exhiben de modo que las mujeres son reducidas a esas partes; o. Mujeres que son presentadas en escenarios de degradación, humillación, lesión, tortura, mostradas como sucias o inferiores, sangrantes, magulladas o heridas en un contexto que hace que estas condiciones sean sexuales.

El uso de hombres, niños o transexuales en lugar de las mujeres en a - h dentro de esta definición, es también pornografía para los propósitos de la ley. Existiría hasta hoy, en definitiva, una cultura que ha ido adoptando a la pornografía a través del tiempo. La mujer no nace; se hace.


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En la fabricación, su humanidad es destruida. Estas palabras de Dworkin reflejan su lectura acerca de la manera en que la cultura patriarcal ha construido, y al mismo tiempo negado, el concepto de mujer. La cultura patriarcal se afirmaría en unas bases que declaran la supremacía del hombre. Primero, la necesidad expansionista del hombre. Él se siente con el derecho a poseer, a ampliarse. Lo cree propio y natural. Por lo tanto, él tiene dominio efectivo sobre ella y la toma, por la fuerza. Tercero, el hombre es biológicamente agresivo, inherentemente combativo, genéticamente cruel y hostil.

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Cuarto, el hombre en su posición de poder domina el lenguaje. Así, tiene la posibilidad de modelar su realidad, de nombrar las cosas y fenómenos del mundo. Quinto, el hombre asume que tiene por derecho el dominio de la mujer, desde siempre y para siempre. Sexto, el dinero expresa masculinidad. El dinero simboliza el derecho natural del hombre a poseer, adquirir. Séptimo, el hombre tiene el poder sobre el sexo. Sin embargo, ellos expresan lo contrario: dicho poder reside en la mujer, por lo que la ven como un sinónimo de sexo.

En la cultura patriarcal el hombre tendría por naturaleza un rol de poder y dominio sobre la creación. En vías de lograr efectivamente esa posición, Dworkin expone que desde niño el hombre aprende a deshumanizar y cosificar a la mujer por medio de la violencia.

Esta sería la manifestación natural del poder masculino. Es solo mediante ese aprendizaje que tanto el hombre como la mujer se actualizarían dentro de esta cultura. En este sentido Dworkin, en el fondo, incluye a todos los hombres sin hacerlo explícitamente. De esa manera, cae en un sesgo de atribución disposicional respecto a la naturaleza del hombre en cuanto sujeto masculino al reducirlo como sujeto que solo tiene posibilidades de expresarse desde y por medio de la agresividad. En adición, la cultura patriarcal favorecería el fenómeno por excelencia que le demostraría al hombre su posición de dominio natural.

Ella rendiría homenaje al poder al no oponer resistencia o bien en su resistencia activa. En esta fórmula, la cultura patriarcal sellaría la condena metafísica del destino de toda mujer, el ser vista como la responsable de la violencia recibida. En la pornografía se representaría precisamente eso: un simbolismo propio de la cultura que la alberga. Esta diferencia es fundamental cuando la autora rebate el argumento acerca de la pornografía creada para ser consumida por las mujeres.

Así, este tipo de material no tendría un valor simbólico y, por lo mismo, tampoco impacto en la realidad. El masoquismo es intrínsecamente provocación y sumisión. La ideología patriarcal justificaría entonces la violencia en contra de la mujer y, al mismo tiempo la haría invisible. A la falta de evidencia sobre la sumisión voluntaria y silenciosa de la mujer por la violenta conquista del hombre,. Concretamente, con las feministas radicales anti- censura.


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Éstas critican las propuestas de Dworkin por considerarlas censuradoras y regresivas. Asimismo, en su obra se encuentran fragmentos específicamente presentados como contra argumentación a la posición liberal. Actualmente, esta polémica se encuentra lejos de estar prescrita. Incluso, autoras como Gayle Rubin o Camille Paglia reclaman por un rescate de la sexualidad libre como elemento fundamental de nuestra sociedad. Por ejemplo, Rubin critica la politización. Sería esta construcción la que ha degradado a la sexualidad y a sus manifestaciones, entre ellas la pornografía Rubin, Sin embargo, no queda claro cómo la pornografía podría dar cabida a esa manifestación manteniendo su ethos , o sea, sin reducir o deshumanizar a quienes fueran sus protagonistas, productores o consumidores.

En la misma línea de Dworkin, muchas feministas consideran que el tipo de material sexual explícito en pornografía degrada y cosifica a la mujer i. Estas agrupaciones a la cuales Dworkin combate, verían la pornografía como un género en evolución que tendría la posibilidad de introducir una perspectiva alternativa para las mujeres y las minorías sexuales.

See a Problem?

Por otra parte, ciertas agrupaciones liberales han defendido la voluntariedad de los actos representados en la pornografía, así como el consentimiento de los consumidores al elegir ese tipo de material. Por su parte, Dworkin cree que esa posición se basa en una falacia. Sería una contradicción que dependa del producto. Sería una libertad encadenada y azarosa. A este supuesto valor, esta autora responde que efectivamente puede llegar a ser divertido para sus productores, protagonistas y, ciertamente para sus consumidores, pero no así para las mujeres que nada tienen que ver con la pornografía y que, a raíz de las consecuencias de estaa, podrían verse afectadas por la potencial cosificación o deshumanización que de ella se desprende Dworkin, Dicho argumento sería una prueba que desmitificaría la supuesta tiranía del hombre sobre la mujer y por consiguiente la omnipotencia de la cultura patriarcal dibujada por esta autora.

Mui ofrece una reflexión esclarecedora a esta pregunta. En la pornografía, la mujer no representaría un personaje construido con las características que podríamos asociar a un sujeto. El personaje ofrecido en la pornografía no hace eco de una persona ni intenta hacerlo , sino que es un cuerpo y existe solo como tal.

Dworkin agregaría a este argumento un matiz no menos relevante.