Esos tiempos verdes, Amalia

Descargar libre. Reserve el archivo PDF fácilmente para todos y todos los dispositivos. Puede descargar y leer en línea el archivo PDF Esos tiempos verdes, Amalia PDF Book solo si está registrado aquí. Y también puede descargar o leer en línea todos los archivos PDF de libros relacionados con el libro Esos tiempos verdes, Amalia. Feliz lectura Esos tiempos verdes, Amalia Bookeveryone. Descargue el archivo Libro gratuito PDF Esos tiempos verdes, Amalia en la Biblioteca completa de PDF. Este libro tiene algunos formatos digitales como el libro de papel, ebook, kindle, epub, fb2 y otros formatos. Aquí está la biblioteca de libros CompletePDF. Es gratis registrarse aquí para obtener el archivo del libro PDF Esos tiempos verdes, Amalia Pocket Guide.

La ciudad, a dos o tres cuadras de la orilla, se descubre informe, oscura, inmensa. Nuestros prófugos caminaban sin cambiarse una sola palabra; y es ya tiempo de dar a conocer sus nombres. Aquel que iba delante de todos, era Juan Merlo: hombre del vulgo; de ese vulgo de Buenos Aires, que se hermana con la gente civilizada por el vestido, con el gaucho por su antipatía a la civilización, y con el pampa por sus habitudes holgazanas.

En pos de él caminaba el joven Don Eduardo Belgrano, pariente del antiguo general de este nombre, y poseedor de cuantiosos bienes que había heredado de sus padres; corazón valiente y generoso, e inteligencia privilegiada por Dios y enriquecida por el estudio. Este es el joven de los ojos negros y melancólicos, que conocen ya nuestros lectores. En seguida de él, marchaban Oliden, Riglos y Maisson, argentinos todos. Las miradas de todos se sumergieron en la oscuridad, buscando en el río la embarcación salvadora; mientras que Merlo parecía que la buscaba en tierra, pues que su vista se dirigía hacia Barracas, y no a las aguas donde estaba clavada la de los prófugos.

Un ruido confuso y terrible respondió inmediatamente a aquella señal: el ruido de una estrepitosa carga de caballería, dada por cincuenta jinetes, que en dos segundos cayeron como un torrente sobre los desgraciados prófugos. El coronel Lynch apenas tuvo tiempo para sacar de sus bolsillos una de las pistolas que llevaba, y antes de poder hacer fuego, rodó por tierra al empuje violento de un caballo. Maisson y Oliden pueden disparar un tiro de pistola cada uno, pero caen también como el coronel Lynch. Riglos opone la punta de un puñal al pecho del caballo que le atropella, pero rueda también a su empuje irresistible, y caballo y jinete caen sobre él.

Lynch, Maisson, Oliden, rodando por el suelo, ensangrentados y aturdidos bajo las herraduras de los caballos, se sienten pronto asir por los cabellos, y que el filo del cuchillo busca la garganta de cada uno, al influjo de una voz aguda e imperante, que blasfemaba, insultaba y ordenaba allí; los infelices se revuelcan, forcejean, gritan; llevan sus manos hechas pedazos ya a su garganta para defenderla El cuchillo mutila las manos, los dedos caen, el cuello es abierto a grandes tajos; y en los borbollones de la sangre se escapa el alma de las víctimas a pedir a Dios la justicia debida a su martirio.

En el momento en que cargaron sobre los prófugos; en aquel mismo en que cayó el coronel Lynch, Eduardo, que marchaba tras él, atraviesa casi de un salto un espacio de quince pies en dirección a las barrancas. Este no ve, adivina, puede decirse, la acción de los asesinos, y, dando un salto hacia ellos, se interpone entre los dos caballos, cubre su cabeza con su brazo izquierdo envuelto entre el colchón que le formaba la capa, y hunde su espada hasta la guarnición en el pecho del hombre que tiene a su derecha.

Tranquilo, valiente, vigoroso y diestro, Eduardo los recibe a los cuatro parando sus primeros golpes, y evitando con ataques parciales que le formasen el círculo que pretendían. Los tres de sable lo acometen con rabia, lo estrechan y dirigen todos los golpes a su cabeza; Eduardo los para con un doble círculo, y haciendo dilatar la rueda que le formaban, con cortes de primera y tercera, comienza a ganar hacia la ciudad largas distancias, conquistando terreno en los cortes con que ofendía, y en los círculos dobles con que paraba.

Eduardo, sin embargo, sentía que la fuerza le iba faltando, y que era ya difícil la respiración de su pecho.

El lamento de Ariadna

El hombre del cuchillo acababa de perder éste y parte de su mano al filo de la espada de Eduardo, y otro de los de sable empieza a perder la fuerza en la sangre abundante que se escurría de una honda herida en su cabeza. Los cuatro lo hostigan con tesón, sin embargo. El hombre mutilado, en un acceso de frenesí y de dolor, se arroja sobre Eduardo y lanza sobre su cabeza el inmenso poncho que tenía en su mano izquierda. Pero en el momento en que su vista quedaba libre de aquella nube repentina y densa que la cubrió, la punta de un sable penetra a lo largo de su costado izquierdo, y el filo de otro le abre un honda herida sobre el hombro derecho.

Aun en ese estado, los asesinos se le aproximan con recelo.

El uno de ellos se acerca por los pies de Eduardo y descarga un sablazo sobre su muslo izquierdo, que el infeliz no tuvo tiempo, ni posición, ni fuerza para parar. Aquél se lo pasa al momento. Eduardo hace esfuerzos todavía por desasirse de las manos que le oprimen, pero esos esfuerzos no sirven sino para hacerle perder por sus heridas la poca sangre que le quedaba en sus venas.

Pero en el momento que su mano iba a hacer correr el cuchillo sobre el cuello, un golpe se escucha, y el asesino cae de boca sobre el cuerpo del que iba a ser su víctima. El bandido se para, retrocede, y toma repentinamente la huida en dirección al río.

Turismo - Hotel Barcelona , tu alojamiento perfecto un reportaje de Amalia González Aroca.

El nombre de éste es pronunciado luego por el desconocido con toda la expresión del cariño y de la incertidumbre. Toma entre sus brazos el cuerpo del asesino que había caído sobre Eduardo, lo suspende, lo separa de él, e hincando una rodilla en tierra suspende el cuerpo del joven y reclina su cabeza contra su pecho. Su mano toma la de Eduardo, y una leve presión le hace conocer que vive, y que le ha conocido. Soy yo, Daniel; tu amigo, tu compañero, tu hermano Daniel.

El herido mueve lentamente la cabeza y entreabre los ojos.

Su desmayo, originado por la abundante pérdida de su sangre, empezaba a pasar, y la brisa fría de la noche a reanimarle un poco. Y durante hablaba así, queriendo arrancar de los labios de su amigo alguna respuesta, alguna palabra que le hiciese comprender el verdadero estado de sus fuerzas, ya que temblaba de conocer la gravedad de sus heridas, Daniel cargó de nuevo a Eduardo, que, vuelto en sí de su primer desmayo, hacía una débil fuerza sobre los hombros de su libertador, y lo llevó en sus brazos segunda vez, en la misma dirección que la anterior. El movimiento y la brisa vuelven al herido un poco de la vida que le había arrebatado la sangre; y con un acento lleno de cariño:.

Pero, felizmente -continuó-, ya estamos aquí, aquí donde podré dejarte en seguridad mientras voy a buscar los medios de conducirte a otra parte. Daniel sienta a su amigo en el fondo de la zanja, lo recuesta contra uno de los lados de ella, y le pregunta dónde se siente herido. Pero sobre todo, el muslo Todo esto hace y dice fingiendo una confianza que había empezado a faltarle desde que supo que había una herida en el pecho, que podría haber interesado alguna entraña. Y como un sarcasmo de esa posición terriblemente poética en que se encontraban los dos jóvenes, porque Daniel lo era también, los sonidos de un piano llegaron en ese momento a sus oídos: el señor Mandeville tenía esa noche una pequeña tertulia en su casa.

Su Excelencia inglesa se divierte. Un ministro inglés no puede ser buen ministro inglés sino en cuanto represente fielmente a la Inglaterra; y esta noble señora baila y canta en derredor de los muertos como las viudas de los hotentotes; con la sola diferencia, que éstas lo hacen de dolor, y aquélla de alegría.


  • El lamento de Ariadna: La gitana es una mujer verde (Amalia - Ailama).
  • Me llamo Editio: Editio.
  • Sexo Sentido 4: Tenemos Que Hablar!
  • El diputado de Cíbola (Relatos);
  • CUANDO EL SOL BESABA AL MAR.
  • Útil a Dios: ¿Cómo ser útil a Dios?.

Eduardo se sonrió de esa idea nacida de una cabeza cuya imaginación él conocía y admiraba tanto; e iba a hablar cuando de repente Daniel le pone su mano sobre los labios. Y en efecto no se había equivocado. El ruido de las pisadas de dos caballos se percibía claramente, y un minuto después el eco de voces humanas llegó hasta los dos amigos. Cada uno de ellos tomó la rienda de su caballo, y, caminando hacia la zanja, vinieron a sentarse a cuatro pasos de Daniel y Eduardo.

Uno de los dos recién llegados sacó sus avíos de fumar, encendió la yesca, luego un grueso cigarro de papel, y dijo al otro:. Y la misma operación que con el primer billete, se hace con treinta de igual valor; y después de repartirse 1. Lo que yo siento es que no se quieran ir todos para que tuviéramos de éstas todas las noches. Nosotros somos mandados; y cuando veamos la cosa mal, nos pasaremos; entretanto yo me he de hacer matar por el Restaurador, y por eso soy de la gente de confianza del comandante.

Le dijo que salieron cuatro a proteger al unitario, pero no le ha de haber creído porque sabe que es flojo. Por mi parte, yo no los busco. Algunos minutos después, el que se había quedado mete la mano al bolsillo, saca una cosa que aproxima a su cigarro en la boca, y la contempla a la claridad que esparcía la brasa. Esto nadie me lo vio sacar; y la plata que me den por él no la parto con ninguno. Y veía y volvía a ver el reloj a la luz de su cigarro.

En seguida salta él, y con esfuerzos indecibles consigue montar a Eduardo sobre el caballo que se inquietaba con las evoluciones que se hacían a su lado. En seguida recoge la espada de su amigo, y de un salto se monta en la grupa; pasa sus brazos por la cintura de Eduardo, toma de sus débiles manos las riendas del caballo, y lo hace subir inmediatamente por una barranca inmediata a la casa del señor Mandeville.

La Izquierda Diario

Mi criado tiene orden de no dormir en ella esta noche. Habla lo menos posible.

Todas las categorias

Daniel sentía que la cabeza de Eduardo buscaba algo en que reclinarse, y con su pecho le dio un apoyo que bien necesitaba ya, porque en aquel momento un segundo vértigo le anublaba la vista y lo desfallecía; pero felizmente le pasó pronto. Daniel hacía marchar al paso su caballo. Llegó por fin a la calle de la Reconquista, y tomó la dirección a Barracas; atravesó la del Brasil y Patagones y tomó a la derecha por una calle encajonada, angosta y pantanosa, y en cuyos lados no había edificio alguno sino los fondos de ladrillo o de tunas de aquellas casas con que termina la ciudad sobre las barrancas de Barracas.

A esa barranca llegó Daniel, y las mismas calidades de mala y solitaria fueron para él en ese momento una garantía por la que le daba preferencia. Al cabo de pocos minutos de marcha, detiene su caballo, gira sus ojos, y convencido de que no veía ni oía nada, hace tomar el paso a su caballo, y dice a Eduardo:.

Amalia / José Mármol; edición preparada por Teodosio Fernández Rodríguez

Nadie respondió, sin embargo. Volvió a llamar segunda vez, y entonces una voz de mujer preguntó con un acento de recelo:. Y en el momento, la ventana se abrió, la celosía fue alzada, y una mujer joven y vestida de negro inclinó su cuerpo hasta tocar las rejas con su mano. Pero al ver dos hombres en un mismo caballo retiróse de esa posición, como sorprendida.

Amalia, sin vacilar, toma con sus manos un brazo de Eduardo, que, recostado contra el marco de la puerta, hacía esfuerzos indecibles por mover su pierna izquierda que le pesaba enormemente. Y mientras se cambiaban estas palabras, Daniel había conducido el caballo al medio del camino, y poniéndolo en dirección al puente, con la rienda al cuello, diole un fuerte cintarazo en la anca con la espada de Eduardo, que no había abandonado un momento.

El caballo no esperó una segunda señal, y tomó el galope en aquella dirección.