Desahogando El Corazón En Poesía: ¡Por El Juego De Sentimientos Encontrados!

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El país, entonces, se nos aparece en la Ciudad, en la sarna de la realidad que nos persigue.

Visor de obras.

La voz de la poeta se entrega en este evento que todo el país sufrió:. Un país, un ojo ciego, la desesperanza. Es decir, el poema se somete al sueño, a la nada, a la intemperie del adentro poético. No importa. Queda el poema latiendo, vivo. La poeta Dalia Margot Baptista Araujo así lo hace sentir.

Así lo predice. El cuerpo, habitación del apetito: cuerpo del otro en el eros del otro, en el que se hace propio y polar. Cuerpo trazo, raya de significados, escritura. El deseo hecho palabra, silencio en medio de la dislocación. Con el cuerpo atado a la conciencia quien canta regresa a la primera estación: se es impredecible. Podría añadir que cada estación es un libro. Queda de parte de quien las escribió desarrollarlas para que sean tres los libros del futuro. Camina lentamente hacia la plaza y regresa la mirada a la costra de los muros de la antigua iglesia.

Un sonido leve, suave y a la vez firme emerge de sus labios:. Entonces el poeta, el instalado en la bruma del tiempo, desaparece en plena calle. Nada pide. Nada pidió. Entregó toda su sabiduría, toda su belleza interior y se marchó en silencio, como siempre andaba. En pleno centro del mundo, donde el vértigo eleva el significado de las palabras, Montejo retorna a la casa, a su casa, donde lo esperan algunos cercanos a la lectura de sus libros. Esa tarea de convocarlos y reunirlos fue de Aníbal Rodríguez Silva, gracias a la Universidad de los Andes, al Laboratorio de Investigaciones Arte y Poética y a la Dirección General de Cultura y Extensión, ambos organismos dependientes de la mencionada casa de estudios merideña.

He allí que Montejo, tan dado a silenciar el espacio que ocupaba, tenía en el poema el mejor instante para llenar el mundo de sonidos. Perder a Montejo es perder un modelo, un ancla, un ejemplo cívico. Su ojo vigilante advirtió a muy temprana hora sobre la corrupción del lenguaje palabras que son escupitajos, mentiras que pasan por verdades, alaridos que suplantan las conversas ….

Poesía de Poet | Poematrix

El gallo de Montejo arde e inventa el amanecer. La mirada de los dioses se oscurece en la insistencia de Nietzsche. Dios es un amago. Nuestra reveladora y positivista forma mentis ha caído como un meteorito sobre las ideas que, lentamente, son sustituidas por otras. Banalizada por un chip psicotónico, nuestra conciencia se debate entre la abundancia informativa y el vacío.

No nos queda nada de la verdad. O nunca existió. Un recogelatas frente a una computadora que ha asimilado todos los emblemas postmodernos. Los personajes históricos son travestis. La memoria ha sido desechada y lanzada a un vertedero maloliente. Hay que buscar que el hombre olvide, que deseche su propio nacimiento. Los signos de la desmemoria tocan el perfil de René Guénon: el reino del fin, la muerte de un ciclo, la agonía del tiempo: el olvido, la hojilla que vacía el ojo en la película de Buñuel. La locura justifica esta sustitución. Un corte magistral del globo ocular: trazado minucioso del cerebro que hoy se descompone en un cementerio de automóviles.

Arrabal se toca con el blanco y negro del cineasta hispano. Sam Shepard recorre una solitaria carretera de California mientras ocurre un terremoto. Maurice Blanchot también se hace un diario para asirse del tiempo. Quien olvida tiene la ventaja de saberse dueño de sus culpas. Al menos sabe que no las depura. Quien recuerda sus yerros suele mofarse del olvido. El cansancio, el agotamiento horario hiere sensiblemente la historia: el hombre es una bestia cargada de signos equívocos. Olvida, se burla de la muerte, la sacude por los hombros: De Kafka, la luminosa transgresión del dolor y las fronteras de la agonía.

Una visión contiene el terror vacui y el desgano: Nada es posible, la nada ha sido condenada a testimoniar el lenguaje oculto, el que raya el muro de los lamentos del olvido. Occidente muere en cada sesgo de su historia. Tanto ha sido el desmantelamiento que América es un dibujo trazado por un ciego. Mientras tanto, Europa nos mira de reojo. Nos ha olvidado porque abusó de una culpa y la convirtió en virtud. El rey de las ratas o el encuentro con el otro yo. Los días y las noches humedecen el castillo.

Nos llegan a través de los ojos de una rata.

Antología De Aniversario

Detenemos la curiosidad en la madera mojada de una ventana semiiluminada, nos familiarizamos con el silencio que invade el rostro peludo del roedor. En la madeja de intenciones de un tal J. La entrada en el universo de esta novela, en una lectura precipitada abundante en claves, nos permite mirarla con la misma fuerza que tiene el autor al contarla. La huida hacia el anonimato, hacia la pérdida de una personalidad rechazada, la convierten en una cronista singular. Para los lectores, siempre protagonistas, el citado pintor, la rata que ayuda al refugiado, es el famoso J.


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La rata, como ella misma confiesa, era un rey. El rostro de los hombres es la alargada mirada de un roedor que suple las funciones de los primeros. La imaginación del novelista nos conduce por laberintos y espacios de un personaje que representa el poder y la decadencia, los juegos y el espasmo de una suprarrealidad tocada por los hilos de la invención, de un entrañamiento encarnado en un rey que maneja con sutileza los dominios de su reino.

La voz, territorio espinoso desde la perspectiva de esas figuras que se mueven en el consciente narrador, pero que tienen distancia en el inconsciente, propicia la fabulación desde una entonación muy íntima, si se quiere, por la manera de abordar el manuscrito de la quemada biblioteca del reino.

Ojo que nos habita, ojo que nos acosa, que nos persigue, hasta sacarnos el nombre. Es como si la cédula de identidad de los ciudadanos estuviera en la mano escrutadora del gobernante: es una estructura cibernética preconcebida.

Desahogando El Corazón En Poesía: ¡por El Juego De Sentimientos Encontrados!

La rata-rey, quien protagoniza peripecias y acciones propias de su condición, adquiere con el tiempo que le queda la destreza del escritor. Afanoso intenta hacerse monje para expiar culpas: crímenes, persecuciones, la lujuria y las tentaciones de la carne. Cuadro que el novelista Ednodio Quintero describe con maestría. Todo poder maneja unos hilos ocultos que prefiguran la presencia o la ausencia de quien los tensa.


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Nos atreveríamos a decir que en esta pieza de Ednodio Quintero, sin querer caer en determinismos, hay una reseña que podría encajar con hechos que hoy nos aturden. Y es Kafka quien la empuja, a la ensayista, a la misión de revisarlo. Ednodio Quintero, como el flautista de Hamelin, lleva a sus personajes y los reparte entre nosotros. Cosas de sueños, materia que nos convierte en ratas, en homicidas o en santos. Un hilo tenso, como el de una guitarra cubierta de polvo, agita el tiempo, lo verifica en el eco del memento mori.

En reflejos difusos aparece Venezuela, un pequeño país amortajado, esa infamia de tantas decadencias. Cuatro sombras que nos pisan y nos hacen entrar en esta novela del escritor caraqueño Eduardo Casanova. Todas las muertes, la muerte. Abrimos el silencio.

Una extraña peste respira la burocracia. El país se ve en la muerte y huele el aliento que flota frente a un espejo. Toda ella en la violencia colectiva. La simulación como engendro de una sociedad sin testimonios, sin posibilidades de desenmascararla. Boris Gonzaga muere en plena calle, entre ruidos y espasmos, con la cabeza perforada. Un hilo invisible conduce hacia Francisco Monroy, personaje que representa los valores ideológicos de los años sesenta.

Fue encontrado en un hotel con la mirada fija y una sonrisa muy parecida al olvido. El rostro de la ausencia se instala en Serafín Arjona, un invertido que prueba los sabores de la noche y el día. En el mar Caribe quedan sus huesos luego de la explosión de la lancha donde huía, acosado por sus propios errores y fantasmas. Y Antonio Villa, el desprevenido escritor que anula la inutilidad, al menos desde esa decadencia dolorosa divisa sus propios adentros en esta novela, como la muñeca rusa, matriushka que se repite y se repite en una preñez casi infinita.

Permuta el borrón del diskette, amnesia de los signos por la suerte de una botella de whisky y por las emergentes notas del Cuarteto de las Reverencias o Cuarteto en Sol de Beethoven. La sombra se instala en la pantalla.